Hay momentos en que una ciudad parece recordar quién es y eso fue lo que ocurrió hace apenas unas semanas en el puerto de Veracruz con el Carnaval, una organización contrarreloj, una cartelera que sorprendió a propios y extraños, junto con una narrativa que colocó nuevamente al municipio en la conversación nacional nos quedaba claro que el nuevo gobierno entendió algo básico, sin espectáculo no hay mirada, y sin mirada no hay turismo, pero el problema de los destellos es que, cuando se apagan, dejan ver con mayor crudeza la oscuridad.
Hoy, a las puertas de la Semana Santa, la expectativa era otra, obvio no menor, sino mayor, pues si el Carnaval había sido una especie de carta de presentación, este periodo vacacional debía consolidar la apuesta con eventos de primer nivel, promoción sostenida, coordinación con el sector hotelero y restaurantero, y una agenda cultural capaz de competir con otros destinos del país, pero nada de esto ocurrió.
Y no es solo percepción, la cartelera luce discreta, dispersa, sin ese hilo conductor que convierta días sueltos en una experiencia turística integral, lo que prometía ser continuidad terminó siendo pausa.
Te podría interesar
También lee: Carnaval de Veracruz 2026, la fiesta que pone a prueba al nuevo gobierno
A esto se suma un factor que no es menor y que, sin embargo, ha sido tratado con una ligereza preocupante, el derrame de crudo en las costas veracruzanas. En un estado donde el turismo de playa es uno de los principales motores económicos, la sola sospecha de contaminación basta para ahuyentar visitantes y claro que la imagen importa, y en turismo lo es todo; una playa con dudas no compite, pierde.
La combinación es peligrosa, una autoridad que arrancó fuerte pero que no logra sostener el ritmo, y un contexto ambiental adverso que exige aún más estrategia, no menos. Porque cuando el entorno juega en contra, la respuesta institucional debería ser proporcionalmente más sólida.
Entonces surge la pregunta inevitable ¿qué pasó con la Dirección de Turismo? Porque entraron, hay que decirlo, con bombo y tarola. El Carnaval fue su escaparate y también su crédito político, pero la gestión pública no se mide por eventos aislados, sino por la capacidad de construir procesos y ahí es donde empiezan las grietas. Semana Santa no es una fecha sorpresa en el calendario; es, junto con fin de año y verano, uno de los momentos más previsibles para planear, invertir y ejecutar y aclaro, no se trata de minimizar lo logrado, sino de cuestionar lo que no se sostuvo.
Porque si el Carnaval demostró que sí se puede, entonces lo que vemos hoy no es falta de capacidad, sino de continuidad y eso es más preocupante. La intermitencia en la política turística no solo desordena la agenda institucional, también lastima la confianza del sector privado, que necesita certezas, no picos porque Veracruz no puede darse el lujo de vivir de chispazos.
El puerto tiene historia, identidad, gastronomía, cultura viva y una ubicación privilegiada pero todo eso, sin estrategia, se diluye. Y el turismo, hay que decirlo con claridad, no se improvisa dos semanas antes ni se resuelve con buena voluntad.
Haciendo zoom… Semana Santa está aquí, y todo apunta a que pasará sin pena ni gloria y no porque el destino no tenga con qué, sino porque la gestión decidió, sea por acción u omisión, no jugar ese partido con la misma intensidad y la pregunta de fondo no es qué falló esta temporada, sino si el gobierno municipal entendió que gobernar también implica sostener lo que funciona, porque en política turística, el verdadero reto no es brillar una vez, sino no dejar de hacerlo.
lm
