No está en chino, seguro tiene una respuesta: identifique un delito que es tan frecuente o se dice que no es delito, y así, “de repente”, ya no es un delito.
En México, la verdad ha dejado de ser derecho social. Desde hace décadas, la narrativa oficial ha perfeccionado un sistema de "clichés resolutivos": frases diseñadas para evitar el debate y eximir de responsabilidad al poder.
Pasamos de las inofensivas "¿y yo por qué?" y "fue una chiquillada" de Vicente Fox; a las desgarradoras "son daños colaterales" y "se están matando entre ellos" de Calderón; y finalizamos en "no es que me levante pensando cómo joder a México" y "lo bueno casi no se cuenta, pero cuenta mucho" de Peña Nieto, para victimizarse o para mostrar un optimismo descomunal.
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Con Morena se presenta una redirección del uso de la mentira. El objetivo es la polarización: nosotros, los buenos, contra ellos/ustedes, los malos.
AMLO creó una realidad a la medida que más le convenía. Su frase "yo tengo otros datos", seguida de un ja, ja, ja, ja, ja, se erigió como el pilar de la posverdad mexicana. No importaba si el INEGI, el Banco de México, el Sistema de Seguridad u organismos internacionales señalaban el estancamiento o la violencia; el "dato" presidencial era una verdad incuestionable.
Cuando la realidad golpeaba con dureza, el manual dictaba dos rutas: el pasado o la moralidad. "Es culpa de Calderón" fue la respuesta ante la expansión territorial del narco. Si el escándalo era interno, el escudo era "no somos iguales". Esta frase funcionó como una amnistía moral. El incendio de la CFE por un "pastizal", la muerte de migrantes en un albergue federal, los muertos por COVID, las masacres y fosas clandestinas o los derrames petroleros son ejemplos de cómo la física, la medicina, la balística o la ecología debían doblarse ante la conveniencia de la mentira política.
Con Claudia Sheinbaum, la evasión se volvió técnica. Ahora, ante las masacres o el control criminal en regiones, la respuesta es: "es propaganda de los medios". Se desplaza la gravedad del hecho (la muerte) hacia el mensajero (la prensa).
La presidenta usa el término "politiquería", al igual que su antecesor, como un bisturí para extirpar cualquier crítica técnica. Si se cuestiona la viabilidad de una obra o la falta de medicinas, la respuesta no es una cifra, sino una descalificación. El "se está atendiendo" sirve para administrar crisis; proyecta una acción gubernamental que rara vez tiene resultados tangibles.
¿Por qué se repiten las frases? Porque se vuelven verdad por la cantidad de impactos mediáticos. Un ejemplo: “tengo otros datos” y “es culpa de Calderón”, en ocho años, han tenido 472,500 millones de impresiones (mañanera, plataformas, redes sociales, TV, radio, periódicos y foros), lo que significa que, en promedio, cada mexicano adulto ha estado expuesto a estas dos narrativas más de 5,000 veces en los últimos 8 años.
Cuando el lenguaje se usa para ocultar y no para revelar, la democracia se degrada. El costo es una ciudadanía ciega, obligada a elegir entre lo que ve y lo que le dicen que debe ver.
Hecho en México: reingeniería de la percepción pública para perpetuar el poder.
No es cuento chino, es verdad: estamos ante la comunicación política más exitosa en la historia de la lengua española. La realidad en México hoy no se define por los hechos que ocurren, sino por la frase que los sepulta.
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