LUGARES

Por este largo túnel entrarás a la "Luna de Guanajuato"

Un cráter blanco, salitroso y caliente que parece paisaje extraterrestre, pero que también cuenta una historia terrestre —de fuego antiguo, agua subterránea… y un lago que se fue.

Escrito en GUANAJUATO el

El viaje empieza antes de ver el cráter. Empieza con la idea: “dicen que aquí se siente como estar en otro planeta”. Y luego, con algo más concreto: el camino hacia la comunidad de Rincón de Parangueo, a pocos kilómetros de la cabecera municipal de Valle de Santiago. 

 

 

A lo lejos, no parece gran cosa: un anillo de lomas bajas y vegetación que, por fuera, no grita “paisaje lunar”. La trampa está adentro. Para entrar, no hay mirador de película ni acceso elegante: hay un túnel artificial que se traga a la gente de golpe, una garganta larga y oscura que, según la fuente que consultes, ronda entre ~400 y ~480 metros.  

Adentro el aire cambia. La luz se vuelve un lujo. Los pasos suenan distinto, como si el túnel fuera un tambor. La salida se ve lejana, enmarcada por un rectángulo blanco que no encaja con nada: no es cielo, no es pared… es brillo.

 

Y entonces sales.

Lo primero es el golpe visual: una planicie blanca, extendida como si alguien hubiera vaciado costales de sal o cal en el fondo de un estadio natural. No es nieve; es salitre y sedimentos que, con el sol, engañan al ojo. Por eso la comparación con la luna no es pose: es una reacción normal.  

 

El cráter, además, tiene una lógica geológica que lo vuelve todavía más inquietante cuando la entiendes: Rincón de Parangueo es un “maar” cuaternario, un tipo de cráter que se forma por una explosión violenta cuando el magma entra en contacto con agua subterránea. No “reventó” como un cono volcánico clásico: se abrió como una boca circular.  

Caminas sobre ese fondo y el terreno te habla en texturas. Hay costras quebradas, vetas, zonas que parecen laberintos mínimos hechos por el agua y la evaporación. Cada paso levanta polvo blanco; cada mirada encuentra contrastes: el borde verde alrededor, el interior pálido, y en algunos puntos, manchas más oscuras o húmedas, como si el lugar siguiera respirando.

 

Y aquí viene la parte incómoda de la historia: hasta los años ochenta, adentro había un lago perenne. No una charquita estacional: un lago de verdad. Pero se fue secando gradualmente por la sobreexplotación del acuífero regional Salamanca–Valle de Santiago. El cráter pasó de lago-cráter a algo que los especialistas describen como un sistema tipo “lago-playa” (playa lake), donde el agua aparece y se retira, dejando sales y lodos.  

 

En el recorrido, esa historia se siente como un “antes” fantasma. Estás parado en un fondo blanco que existe, en parte, porque el agua faltó. No es solo un paisaje raro: es un registro de cómo se mueve —y se agota— el agua bajo la tierra.

Mientras avanzas, también aparece el relato popular. En Valle de Santiago, las hoyas se cuentan con misterio desde hace generaciones. Rincón de Parangueo forma parte del conjunto turístico conocido como las Siete Luminarias, una cadena de cráteres que se volvió emblema de la zona.  Y como todo lugar icónico, carga su mitología: hay versiones que lo conectan con alineaciones “estelares” (se menciona la Osa Mayor), más como leyenda local y narrativa turística que como explicación científica.  

 

Pero en lo inmediato, lo que manda es el cuerpo: el sol rebota en el blanco y el calor se siente directo, sin filtro. Estás dentro de una estructura circular, como en un anfiteatro natural. Te das vuelta y ves la ruta por donde entraste: el túnel ya parece una costura en la pared del mundo.

El recorrido termina igual que empezó: con contraste. Regresas al túnel —otra vez la sombra, otra vez el eco— y sales al exterior como quien regresa de un set de ciencia ficción a Guanajuato. Solo que no era set: era un cráter real, nacido de fuego y agua subterránea, y transformado después por sequedad, sales y extracción humana.  

 

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