Hay privilegio en el feminismo. No lo digo como algo malo o negativo, sino como parte del esfuerzo por visibilizar la diversidad de contextos y formas en las que se vive el ser mujer actual e históricamente. 

La semana pasada visité varias Unidades Habitacionales de Peralvillo, uno de los barrios con mayores niveles de vulnerabilidad en la Ciudad de México. Entre sus pasillos conversé con mujeres de todas las edades; había madres solteras menores de 20 años, adultas mayores cargando cubetas y niñas con cajas de dulces listas para ser acomodadas en el puesto familiar a la entrada de algún edificio vecinal. Les pregunté si irían a la marcha del #8M, como si asistir fuera natural —este es el problema con los privilegios, los damos por hecho— y encontré solo sorpresa, desconocimiento y hasta rechazo.

“Si voy, ¿quién le trae de comer ese día a mis hijas”?, soltó Itzel, vendedora de gelatinas afuera de estaciones del Metro. Su comentario es un recordatorio de la enorme responsabilidad que tenemos quienes sí podemos salir unas horas de nuestro trabajo, tomar las calles y exigir justicia para quienes ya no están. También del uso que estamos comprometidas a dar a nuestra voz, que es la de tantas otras, hasta lograr que cada día se cierren más las brechas de género

Las que no marchan van con nosotras. No solo las que ya no están porque murieron víctimas de la violencia machista, sino todas aquellas a quienes el sistema patriarcal y capitalista mantienen al margen del ejercicio de sus derechos. Por ellas, marchamos todas. 

Las desigualdades son muchas, pero tomemos de muestra las laborales. De acuerdo con la más reciente Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) del INEGI, 77 de cada cien hombres en edad de trabajar pertenecen a la Población Económicamente Activa mientras que en el caso de las mujeres son sólo 45 y 12.8 millones de ellas están en el sector informal, lo cual quiere decir que carecen de seguridad social y prestaciones. En otras palabras, como Itzel, no pueden tomarse un día libre porque pierden su ingreso.

Las tasas más altas de informalidad laboral por entidad federativa se reportan en Oaxaca (80.5 %), Guerrero (79.7 %) y Chiapas (76.2 %), lo cual revela otra intersección de vulnerabilidad que es indispensable visibilizar: ser mujer en el ámbito rural. ¿A qué marcha van ellas? 

Cierro con un mensaje que es común encontrar en pancartas: “Mi privilegio no me nubla la empatía”. Y así tendrá que ser, no únicamente el #8M sino cada día hasta que salir a marchar sea realmente una elección para todas las mujeres y no una decisión condicionada por su desigualdad.

 

María Elena Esparza Guevara

Twtter: @MaElenaEsparza

La autora es fundadora de Ola Violeta AC, desde donde trabaja por el derecho a la conciencia corporal de niñas y mujeres. Doctoranda en Historia del Pensamiento en la UP, maestra en Desarrollo Humano por la Ibero y egresada del Programa de Liderazgo de Mujeres en la Universidad de Oxford.