VERACRUZ, VER.- Cada mañana, de lunes a domingo, Daniel Vargas conduce por las calles del centro de Veracruz el único Tsuru que ofrece viajes gratuitos a personas con discapacidad, adultos mayores de más de 70 años y a médicos en urgencias "no por ley, sino de corazón", como dice el rotulado de su parabrisas.
Hace seis años que Daniel, de 61 años, conduce su taxi con la misión de hacer el cambio y de mirar a los que nadie más ve, además de sostener económicamente a su esposa y su hijo adolescente. Inició durante la pandemia del covid-19, cuando la situación económica para las personas más vulnerables era complicada.
“Bueno, ¿y por qué yo no lo voy a llevar?”, pensaba cada vez que veía a las personas en sillas de ruedas o con discapacidad visual intentando tomar el transporte público. “Regularmente no suben a los viejitos porque hay que subir la silla de ruedas, porque huelen mal, por mil cosas”, explica el hombre que lleva un bigote y cabello color blanco.
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“No me cuesta, no me cuesta nada porque pues a veces ando dando vueltas y no levanto nada”, asegura el hombre que a veces no puede completar la quincena del taxi que renta. Aun así, Daniel realiza viajes gratuitos para las personas que —dice— están más necesitadas que él.
“No los busco, pero tampoco puedo ignorarlos”
Hace una década que Daniel es taxista, la necesidad económica lo llevó a manejar un vehículo que describe como viejo. Hoy, el taxi que maneja es de Adriana Sarmiento, una mujer que entiende su vocación.
“Espéreme, yo le llevo la cuenta”, le dice a veces Daniel ante la escasez de corridas. “A veces no junto el dinero que debo darle, y pues me ha apoyado”, explica.
Pero no sólo ella, también su esposa y su hija, una mujer que confía en el buen karma para Daniel, lo apoyan y entienden. "Un día cuando no tenía trabajo me dieron un taxi muy viejo, y yo dije: ‘yo no voy a durar en esto’, pero aquí sigo", dice al volante.
Daniel maneja por la zona centro de Veracruz, pero a menos que sea necesario, evita llegar hasta el Hospital Regional de Alta Especialidad. "No puedo, voy y quisiera levantar a todos pero no puedo, entonces mejor no voy.", comenta el hombre que asegura no buscar necesitados, pero que tampoco puede ignorarlos.
En los últimos seis años, el oficio de taxista le dió muchos amigos. "Algunos me dicen que debería conseguirme a otros amigos, a unos que no fueran pobres, pero eso no me importa", sentencia.
"No puedo estar en mi casa descansando"
Daniel no tiene horarios fijos ni días de descanso, aunque en un principio se había prometido tomarse los domingos. "Yo me enfermo, no puedo estar en mi casa", dice con media sonrisa el hombre que es llamado para recoger a niños, niñas, adolescentes y señoras de lugares como la escuela, el antro o la iglesia.
Sin embargo, ya que no siempre le va bien, Daniel ha dejado las necesidades de su vehículo en último lugar. Un cambio de llantas y unos ajustes al motor, son cosas necesarias que reparte entre los días buenos y los días malos.
"La señora Adriana me ha dejado administrarlo porque sin mi carro no puedo vivir", sostiene. En su taxi 64-18, Daniel encuentra redención, entretenimiento y fuerzas para trabajar, aunque dice que no sabe cuánto tiempo más podrá hacerlo.
En el parabrisas, donde anuncia sus servicios gratuitos con permiso del delegado de Transporte Público, también coloca su número de teléfono, 229 159 4539, en caso de que alguien necesite algún servicio particular.
lm
