TRABAJADORAS DEL HOGAR

Soy Eva de Jesús, trabajadora del hogar

Eva de Jesús, trabajadora del hogar por más de 45 años, relata una vida marcada por la explotación, falta de derechos laborales y el abandono: miles de mujeres siguen sin seguridad social ni reconocimiento. | Manuel Fuentes

Escrito en OPINIÓN el

Esta es la historia de Eva de Jesús, nacida en la localidad de Villa Ávila Camacho, mejor conocida como “La Ceiba”, en la Sierra Norte de Puebla, quien por más de 45 años fue trabajadora del hogar:

No sé de números ni de letras

“Nunca fui a la escuela. No sé de números ni de letras. Me lo dijeron desde chica, que eso no era para mí, que era mujer y las labores del hogar no esperaban. Me quedé callada, como siempre.

Les hacía mandados a las vecinas y con eso me ganaba algunas monedas. A mis 14 años ya era huérfana y estaba a cargo de un tío, a quien poco le importó entregarme a un par de desconocidos. Quizá eso significaba una boca menos que alimentar en aquella sierra poblana de pobreza extrema”.

Me entregaron a desconocidos

“Mis nuevos patrones le pidieron a mi tío poder irme con ellos a la Ciudad de México. Él aceptó sin condición alguna. Desde entonces comencé a trabajar para una familia de 2 adultos y 3 niñas, una de ellas con una severa discapacidad. 

Vivían en una casa de dos pisos, un jardín y un patio, y mis actividades consistían en limpiar el hogar, atender a la familia, cocinar, lavar, planchar y atender a la niña con discapacidad. Me vendieron la idea de que “me querían como a una hija más”.

Pronto las cosas cambiaron, me llamaban sirvienta, algunas ocasiones “muchacha”, aunque más bien parecía una sombra que pasaba desapercibida como la nube cargada de lluvia. A veces me decían que era de la familia, lo creí porque no tenía otra cosa a la que aferrarme”.

La vida era una resignación 

“Yo nunca protesté porque así me enseñaron. Que la vida era una resignación. Siempre trabajé duro y acatando cada una de las órdenes que me daban mis patrones. Habitaba en la misma casa, hasta me llegaron a inscribir en la escuela, pero como mis quehaceres eran muchos un día dejaron de llevarme. Mi trabajo era demasiado como para pensar un poco en mí. 

Cuando quise regresar a la escuela solo encontré el enojo de mis patrones y por eso ya no continué. Empezaba a trabajar antes del amanecer y terminaba pasada la medianoche, pero en todo momento debía estar a su disposición sin chistar”.

Me armé de valor

“En una ocasión le comenté a dos paisanas de La Ceiba que existía la posibilidad de trabajar con los vecinos de mis patrones. Ellas aceptaron y vinieron a trabajar, sin embargo, en algunas pláticas me di cuenta que mis amigas ganaban mucho más que yo, por lo que me animé a pedir un aumento de sueldo. 

Incluso no sé cómo ocurrió, pero me armé de valor para decirle a mi patrona que si no me aumentaba el sueldo me iría de la casa y ya no trabajaría más para ellos. Su respuesta fue tajante y me dijo que no me iba a aumentar nada y que si me iba me acusaría de robo.

Me dio mucho miedo y lloré sin parar. Ya no pasó por mi cabeza volver a pedir un aumento de sueldo ante tal amenaza que me hicieron a gritos, ni mucho menos abandonar la casa de mis captores”.

Mis patrones se hicieron los desentendidos

“En el año 2007 estaba lavando el baño y sonó el teléfono de la casa, ante los regaños que recibía de mi patrona por no contestar rápido las llamadas, dejé muy apurada lo que estaba haciendo. Yo usaba huaraches de plástico, me resbalé y caí sobre mi hombro derecho.

Nunca me dieron de alta en el seguro social, tuve que ir a un Centro de Salud, porque mis patrones se hicieron los desentendidos. No me pagaron los medicamentos y ni siquiera me dieron días libres para descansar, pues me dijeron que tenía dos brazos y bien podía usar el izquierdo para seguir con mi trabajo sin parar.

Para mi mala suerte al estar poniendo una cortina me tuve que subir a una silla donde coloqué una caja de plástico, la cual se resbaló y volví a caer sobre el mismo hombro derecho que ya tenía lastimado, de nuevo mis patrones ignoraron mi lesión. Hace aproximadamente 5 años por seguir sus indicaciones, me subí a un sillón para acomodar algo que estaba alto porque yo soy chaparrita. De nuevo me resbalé del sillón y por tercera vez mi hombro derecho recibió el golpe.

En esa ocasión estaba una de las hijas de mi patrona, quien me vendó el hombro y me dio una pastilla para el dolor, pidiéndome que repusiera lo utilizado. Tuve que seguir con mi trabajo y continuar yendo por mi propia cuenta a un centro de salud público. A la fecha aún me duele el brazo y apenas si lo puedo mover”.

Nunca fui de la familia

“Tengo 59 años de edad y aparento tener 10 años más por todo lo que he pasado; no camino ni me puedo mover como antes; los dolores en mi brazo y mi columna son cada vez más frecuentes. Ahora mi patrona ya no quiere que trabaje más para ella. Escucharla decir que ya no iba a necesitar de mí, que ya no le sirvo, me dolió más que el dolor de mi brazo y más que todo el maltrato que viví.

¿Cómo podía ser tan cruel alguien que me había dicho que me quería como a una hija?

A pesar de haber trabajado para la misma familia por más de 45 años de forma ininterrumpida, sin un contrato de trabajo, sin haber tomado vacaciones alguna vez, ni recibir aguinaldo como lo dice la ley, y sin que por mi mente cruzara la idea de tener derecho a la seguridad social, ahora me han mandado a la calle como si fuera una vil basura”.

De otros Avatares

El pasado 1º de mayo la presidenta Claudia Sheinbaum tomó de las manos a María de la Luz Padua Orihuela y Norma Palacios Trabamala, Secretarias Generales Colegiadas del Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del Hogar (SINACTRAHO) las cuales, en medio de decenas de dirigentes sindicales encorbatados, le pidieron un espacio para que conociera de viva voz los problemas que tienen el 98% de mujeres trabajadoras del hogar quienes carecen de seguridad social y derechos laborales reconocidos. Ellas aguardan con esperanza ser escuchadas.

Foto de Elizabeth Echeverría Manrique.

 

Manuel Fuentes

@Manuel_FuentesM