Cada 10 de mayo surge una especie de batalla narrativa. Por un lado, el marketing de las flores más caras que has comprado, el desayuno en el restaurante con mariachi, la foto borrosa en redes sociales; y por otro, el cuestionamiento, con razón, de esa figura de la madre pura, abnegada, libre de cualquier deseo propio que no sea el de amar a sus criaturas. Ambos tienen sus profundidades y muchas de quienes somos madres nos debatimos entre las lágrimas que derramamos durante el festival escolar y el rechazo a la romantización de la figura de las madres y la maternidad.
Pero algo que aún hablamos poco en este cuestionamiento es el mito de que, abnegada o no, sublime o arrepentida, la maternidad es, por naturaleza, un acto privado y solitario.
Yo, en ese marco, soy una madre bastante mala.
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No porque le haya gritado a mis hijas o les de comida chatarra para cenar, aunque ambas cosas han ocurrido alguna vez. Sino porque he cometido errores más estructurales: no estoy criando sola, me pongo a mí en el centro con cierta regularidad, y encima no me arrepiento.
Silvia Federici lleva décadas explicando que el trabajo de cuidados quedó históricamente fuera de cualquier reconocimiento precisamente porque necesitaba estar atomizado: una madre sola en su casa no compara notas, no se organiza con sus vecinas, no exige mejores condiciones de conciliación. Solo produce y sostiene.
Cuando empecé a formar mi familia fuera de México, entendí esto de forma muy concreta. Desapareció de golpe la red que había dado por sentada. En ese vacío encontré a otras familias, algunas migrantes, otras no, haciendo exactamente lo mismo que yo necesitaba: construir desde cero un sistema que nos permitiera criar sin perdernos en el intento. Personas que recogen a tu hija del colegio porque saben que tienes una llamada importante, que cocinan de más el domingo porque ya saben que el lunes hay quien no llega a todo, que mandan un mensaje cuando llevas tres días sin asomar cabeza, que consiguen niñera para sus criaturas y para las tuyas para poder irse juntas al concierto de la temporada. Esa red surgió no solo de la necesidad compartida sino de la decisión consciente de no asumir que criar solas era lo normal.
Esto me hizo peor madre, según el sistema. Porque empecé a descansar, a irme un fin de semana, a tener una carrera sin sentir que le hacía trampa a mi familia. A ser, en distintos momentos, periodista, amiga, pareja, persona que tiene hambre o que necesita silencio. Porque la maternidad y la identidad propia no tienen que estar peleadas. Cuando no cargo yo sola con todo, puedo estar presente de otra manera y esta versión de mí es mejor madre que la que lo deja todo "por ellas".
La crianza en colectivo, para el modelo que nos vendieron, es un fracaso. Significa que no puedes sola, que no te basta, que eres de las que necesita ayuda. Y sí, exacto. Somos de las que necesitamos ayuda, y además la pedimos, y además la damos.
Feliz día, entonces, a las malas madres: a las que dicen que no quieren jugar de nuevo, las que se fueron de viaje, las que lloran en el baño y también las que pidieron que alguien más recogiera al niño hoy porque tenían otra cosa que hacer. Las que están criando en colectivo, con red, con descaro y con descanso. Las que saben que una madre agotada no es una madre virtuosa, es solo una madre agotada.
