Pachuca.— La vaguada monzónica no sólo arrasó con casas, árboles y estructuras: también borró rastros humanos. Entre ellos, el de María Eugenia, de 62 años, enfermera de profesión, quien hoy es una de las ocho personas que permanecen en calidad de desaparecidas tras el desastre.
Cristian de Jesús García Sagaon, su único hijo, no se encontraba en el pueblo cuando ocurrió todo. La reconstrucción de lo sucedido es fragmentaria, hecha de versiones incompletas y de lo que dejó el paso devastador del agua. “Nadie sabe con exactitud qué fue lo que pasó”, dice. Solo hay certezas parciales: la fuerza de la corriente, la destrucción total del entorno y la desaparición de varias personas.
Uno de los cuerpos fue localizado a unos 200 o 250 metros de la casa de María Eugenia, pero de ella no hay rastro.
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La vivienda sigue en pie, pero como un cascarón. Se ubica en el centro del pueblo, con un río a espaldas y, al frente, lo que antes era un salón de usos múltiples. Esa estructura —de columnas gruesas, comparables al tronco de un árbol— fue arrancada por la corriente “como si fueran pinos jugando boliche”, describe Cristian.
La casa resistió, pero hay daños, las puertas y ventanas desaparecieron, los muros se fracturaron, las columnas se desprendieron, y todo el interior fue expulsado por la fuerza del agua.
Ahí vivía sola María Eugenia desde hacía seis o siete años. Después de vivir en Pachuca por muchos años, regresó al pueblo por recomendación médica, buscaba una vida más tranquila. Iba y venía, alternando su estancia con visitas a su hijo y para atender su salud. En Tlacolula, dice Cristian, la gente se cuida entre sí, se visita, se acompaña. Era, hasta antes de la tragedia, un lugar seguro.
Desde entonces, la búsqueda ha sido constante. Cristian y otros pobladores han recorrido la ribera del río durante kilómetros, removido escombros con herramientas improvisadas y rastreado indicios mínimos entre la maleza atorada en árboles, piedras desplazadas, restos arrastrados. A veces, tres personas pasan un día entero moviendo un solo punto, con la esperanza de encontrar algo.
La maquinaria, cuando llega, no siempre funciona. “Se descomponen o no tienen diésel”, relata. Los trabajos se detienen, se reanudan días después o simplemente se abandonan. La intervención institucional ha sido intermitente. La Comisión de Búsqueda del Estado de Hidalgo ha acompañado en gestiones y algunos operativos; también llegó una brigada con binomio canino. Pero, según el testimonio, otros apoyos anunciados nunca se concretaron.
A nivel municipal, la percepción es de abandono. Cristian evita profundizar, pero señala que hubo negativas directas para permitir intervenciones externas. Durante la emergencia, dice, se cerraron puertas que pudieron significar una diferencia.
Mientras tanto, la vida cotidiana se reconfigura entre la espera y la insistencia. Apenas hace un mes lograron retirar los escombros del interior de la casa. Aún falta mucho por limpiar. Pero esa no es la prioridad. “Lo primordial es seguir buscando a mi madre”, afirma.
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